domingo, enero 01, 2006

La virtud del silencio

El ambiente secreto de que se rodea a la Masonería constituye, sin duda, para el que no es masón, la característica más notable de la Orden. Esta impresión viene a corroborarse y fortalecerse en la Iniciación y en los grados siguientes de manera suficientemente concluyente para que, quien haya pasado por todas estas ceremonias, no pierda jamás de vista su deber de Silencio masónico.

Pueden existir algunos masones que pongan en tela de juicio al principio y quizá durante mucho tiempo, la necesidad de semejante secreto. Hasta los más pensadores se desconciertan cuando tratan de determinar cuál es el valor práctico del silencio que prometieron guardar, pues cuando dan vueltas en sus cabezas a la naturaleza de los "secretos" tan celosamente guardados, es difícil que puedan evitar una sonrisa incrédula ante la idea de dar gran importancia a unos cuantos útiles y palabras secretas, cuya divulgación por la prensa no podría ocasionar grandes trastornos al parecer. Claro que es conveniente que exista un signo secreto para que los Francmasones se puedan reconocer entre sí; pero esto no justifica al parecer las extraordinarias precauciones que toman los miembros de la Orden masónica para conservar sus signos secretos y sus palabras de paso.

Este tema se presta a profundas reflexiones. Para ello dividiremos nuestro estudio en dos aspectos, es decir, el del Secreto y el del Silencio. El primero es de aspecto externo y exotérico, y el último es el interno o esotérico. El secreto o reserva es un recurso mundano de defensa relativamente fácil. Por el contrario, el silencio es esencialmente espiritual, y no tiene nada que ver con las conveniencias mundanales.

Existen muchas razones sencillas y obvias para que la Francmasonería guarde el secreto externo, pues, si bien hoy día ya no se nos persigue por nuestras ideas religiosas ni por nuestras opiniones filosóficas, conservamos, sin embargo, la tradición de épocas lejanas en que los que sustentaban opiniones o practicaban ritos que no eran ortodoxos debían guardar el más severo secreto y la más estricta reserva, si no querían poner sus vidas en peligro. En realidad, el pensamiento original, las investigaciones científicas, la cultura y, principalmente, las especulaciones religiosas han sido hasta una época relativamente reciente ocupaciones que entrañaban grandes peligros si no se realizaban a puertas cerradas. La reserva y el secreto eran, también, muy convenientes, en muchos oficios y comercios con objeto de conservar las recetas y las fórmulas y proteger los intereses de los verdaderos artesanos.

Aparte de estas consideraciones puramente prácticas, no cabe duda de que los actos de naturaleza ritualística han de protegerse contra el menosprecio y las burlas de los profanos a fin de que las cosas preciosas y sagradas no sean execradas por quienes son demasiado ignorantes para comprender su naturaleza interna y su significación espiritual. Si no se tomara la medida de guardar las cosas en secreto es probable que los hermanos más débiles serían incapaces de soportar el esfuerzo, y sucumbirán al ridículo; mientras que ante cualquier evento se haría un derroche innecesario de energía para desviar las pullas de los ignorantes o las malevolencias dirigidas contra la Orden y sus procedimientos.

Existen otras razones poderosas de que se guarde el secreto masónico, entre las cuales destaca la de crear deliberadamente una atmósfera de misterio, pues si bien esa atmósfera atrae a los curiosos y les alienta a profundizar en los misterios secretos de la Naturaleza, también tiende a avivar el sentimiento religioso de los hombres y procura acrecentar la reverencia que se debe tener por el Ritual masónico. El amor a lo misterioso es saludable y beneficioso si se dirige cuerdamente, pues no existe nadie por cínico que sea que no abrigue una secreta atracción hacia el misterio. Porque ¿quién no ansía por escéptico que sea conocer y comprender el significado de la Naturaleza con todas sus maravillas, de la vida y de la muerte, de la conciencia, del origen y destino de las miríadas de vidas de que está lleno el universo y de lo que existe en las estrellas, así como de su duración? No existe reverencia tan verdadera como la del hombre de ciencia que estudia los milagros de la Naturaleza para arrancar de los tesoros de ésta diminutos fragmentos.

Además, el mero hecho de participar con otros en la conservación de secretos establece un sutil lazo de simpatía que ayuda a fortalecer la cadena fraternal. Pocos hombres pasan de la edad espiritual en que se experimenta esa satisfacción de poseer secretos que es una de las características más destacadas de los niños. Excepto los que carecen de imaginación, todos encuentran cierto encanto en participar con otros en la posesión de secretos, lo cual ocurre hasta en el caso en que éstos no tengan valor alguno ni sean interesantes. El mero hecho de que los francmasones sean capaces de reconocer a los miembros de su fraternidad en cualquier lugar de la tierra y distinguirlos de todos los demás hombres, es un atractivo que tiene algo de ensueño y de romance.

Una lección valiosísima que se desprende de la práctica del secreto y de la reserva es la del dominio de la lengua. Dícese que la lengua es el miembro más rebelde del cuerpo y el más difícil de dirigir, y, en verdad, que pocos hombres son capaces de conservar un secreto, ya sea éste grande o pequeño. Casi todos tienen propensión a las debilidades de la curiosidad, con cuyo defecto va unido íntimamente el deseo de saciar la curiosidad ajena, comunicando al prójimo lo que sería conveniente guardar en secreto. De modo que la Francmasonería proporciona una excelente disciplina, quizá algo elemental, para tener quieta la lengua, y da una educación que puede sernos útil muchas veces. En la jocosa frase de Mark Twain de que "la verdad es nuestro tesoro más preciado y, por lo tanto, debemos economizarla..." se encierra una gran verdad.

Si el francmasón no adquiriese en la Orden otra cosa que la capacidad de no decir cosas innecesarias y de conservar el dominio de la lengua, no habría gastado el tiempo en balde. El hecho de que no encuentre una razón poderosa que justifique la estricta conservación de los secretos francmasónicos, sirve para que su entrenamiento sea más efectivo. No deben confiarse los grandes misterios a quien no sea capaz de guardar secretos sin importancia.

Sin embargo, andaríamos equivocados si creyésemos que la Francmasonería no tiene ningún secreto que deba ser ocultado a toda costa a los profanos por temor de que resulte un perjuicio real. El mundo occidental se va percatando ya de que la francmasonería tiene íntima relación con los Misterios verdaderos, en que se comunica a los iniciados los secretos reales. Estas cosas fueron dadas al olvido durante muchos siglos, pero no está muy lejano el día en que se restablezcan y en que se confieran genuinos secretos de terrible y extremado poder a los hombres puros y dignos de ello, porque la Francmasonería es magia -en la verdadera aceptación de esta mal definida palabra- y magia de orden elevado, a pesar de que actualmente se haya perdido casi por completo el arte. Cuando llegue el momento de su restauración, serán esenciales la reserva y el secreto absoluto, y entonces la educación que ahora recibimos con objeto de que guardemos nuestros secretos aparentemente inofensivos, nos mantendrá en aquellos días en buenas condiciones y hará que seamos dignos de que se nos confíe el faro del verdadero conocimiento, de donde procede el poder de la "magia" espiritual para iluminación de los hombres y servicio del mundo.

Dirijamos ahora nuestra atención al aspecto interno de la conservación del secreto y del verdadero significado del silencio masónico.

Múltiples y valiosísimas son las lecciones del silencio así como de su belleza y misterio. Del silencio hemos salido y a él debemos retornar cuando llegue la hora. Cuando estamos en silencio podemos ahondar en la significación de los misterios de la vida. En el silencio solitario de nuestros corazones es donde descubrimos las grandes experiencias de la vida y del amor.

Es preciso acallar a la naturaleza inferior para poder ver la verdad o encararse con la vida con toda equidad y firmeza. Sólo cuando se silencia y aquieta el tumulto de las pasiones egoístas, de los vehementes deseos, del odio destructor o de la malevolencia es cuando puede dejarse oír la voz del Guía interior -que es el Hombre verdadero-, y cuando el V.: M.: puede dirigir la logia. Los mensajes y órdenes del maestro, el Ego sabio, no pueden ser transmitidos a los elementos de la naturaleza inferior, ni pueden ser "obedecidos con toda exactitud" sino cuando hay silencio en la Logia, cuando han cesado el altercado de las luchas emocionales y mentales y cuando todas las partes del organismo se subordinan a la dirección silenciosa del Dueño de la conciencia, o sea del ego.

Cuando el corazón está en silencio la inspiración aparece y la visión se aclara. En el desvelo silencioso de la noche, en la calma del desierto, en las cumbres solitarias de las montañas, en el sosiego de los bosques y bajo el plateado dosel de las estrellas las pasiones se debilitan, la iluminación emana de la mente, el corazón se hincha y el espíritu adquiere alas para remontarse al cielo.

En los escasos momentos de silencio en que se acalla el estrépito de las bulliciosas actividades de los hombres y de sus inquietas civilizaciones es cuando podemos encontrar paz y sentir la beatitud de una clara visión. El silencio es siempre más elocuente que el lenguaje: cuando tratamos de expresar la verdadera simpatía, la comprensión más profunda, el más grande de los amores, el más genuino de los afectos y la más noble de las camaraderías no encontramos más que palabras imperfectas e inadecuadas; pero estos sentimientos se comunican libre y fácilmente si permanecemos en silencio. Emerson estaba en lo cierto cuando dijo que el volumen de un discurso se puede medir por la distancia que separa al orador del oyente. Entre los amigos existe una comprensión, una inteligencia callada: no existe simpatía más real ante el dolor que la silenciosa. En las miradas de los perros y de los caballos se descubren mudas comprensiones que, a veces, nos parecen más verdaderas y consoladoras que las más elocuentes palabras de los hombres.

Las emociones más sublimes sobrepujan a la capacidad del discurso y alcanzan su pináculo supremo en el éxtasis y en el silencio. Las grandes tragedias no pueden expresarse con palabras, y hasta las más agudas chanzas hacen que se acallen las risas para provocar un silencioso regocijo interior. Los grandes fenómenos de la Naturaleza, el esplendor del alba y del ocaso, la imponente grandeza de las cumbres, la fuerza de las cataratas, la pureza deslumbradora de los nevados campos, el monstruoso poder de los glaciares y de las avalanchas, la delicada fragancia de las flores, el grato aroma que despide la tierra sedienta cuando pasado el tropical monzón, el sosiego de los helados mares, el furor de la tempestad, las heroicas hazañas, la vida de devoción y sacrificio, la amargura de la muerte y el nacimiento de una nueva vida nos transportan a una región en que las palabras orales no son necesarias ni posibles, y nos internan en un mundo en que el silencio reina supremo y en que todos los demás medios de expresión son fútiles y mezquinos.

Nada hay que sea tan lívido, tan infinitamente flexible como el silencio. Lejos de ser éste una mera negación de sonido, es capaz de expresar la más extrema diversidad de pensamientos y emociones. Recuérdense sino el silencio del odio implacable y del amor fiel; el silencio del desprecio o de la veneración; el del consentimiento y de la desaprobación; el de la cobardía o del valor; de la tristeza o del regocijo; el de la desesperación y el del éxtasis y del placer.

Es un lugar común conocido por todo observador de la naturaleza humana que los silencios de los hombres expresan con frecuencia mucho más que sus palabras. Las cosas que ellos no saben cómo expresar bien son a manera de velos que cubren otras más profundas que no saben o no se atreven a manifestar por medio del lenguaje. En los momentos de silencio aparece a la superficie la verdadera naturaleza de los hombres, y éstos se percatan de sus almas más íntimas. Los hombres débiles e impuros sienten esto instintivamente; por eso temen a la soledad, y tienen miedo de quedarse a solas con sus yoes, pues son incapaces de dominar a su naturaleza ruin. Y por el contrario, los fuertes y los puros no temen al silencio, sino que lo buscan, porque saben que en la soledad pueden acercarse a su Dios interno. Quizá no existe una prueba tan cierta de la grandeza y de la fuerza interior como la de la capacidad de experimentar los largos períodos de silencio, y sacar provecho de ellos ya se hayan buscado deliberadamente, ya hayan sido provocados por la deserción de un amigo o de un amante, porque cuando esto ocurre las voluntades débiles e inferiores se agrian y retornan al vicio, mientras que las poderosas y puras acrecientan su templada fortaleza así como la dulzura de su carácter.

Lo propio ocurre con la amistad cuando llegan momentos de separación o de sombra. Si el afecto es débil, acabará por desaparecer como cosa marchita; pero si es fuerte, su fortaleza y su resistencia aumentarán.

En la Francmasonería se nos conduce desde los mundos del estrépito y de la lucha al silencio en que se cobijan los secretos del corazón. Todo masón ha de descender en el curso de su carrera al silencio de la tumba, y desde ésta ha de cruzar el portal de la muerte para entrar en una vida más noble en la que quizá pueda encontrar los verdaderos secretos del Maestro Masón. Si logra triunfar en su búsqueda, se encontrará en el mundo de los místicos y videntes, en que los lazos del amor y de la amistad unen en el Centro a todas las unidades separadas, y en donde ha de alcanzar una conciencia superior a la del cerebro y entrar en una región en que desaparecen las diferencias y se borran hasta los mismos "pares de opuestos" resolviéndose en una unidad superior.

Por lo tanto, la Francmasonería vuelve a proclamar a su manera peculiar, simbólica y dramática, la antiquísima lección de que el Reino de los Cielos ha de encontrarse dentro. La paz se logra en el centro, en el silencio. Aunque el Masón salga del oriente y se encamine al Occidente, no podrá encontrar los verdaderos secretos del Maestro Masón hasta que retorne al centro y mire dentro de su propio corazón.

La misma naturaleza es gran maestra del silencio, pues realiza sus más hermosas obras de artífice sin emitir sonido. Los cataclismos y la destrucción van acompañados de estrépito; pero no hay oído que pueda percibir su trabajo constructivo. Los procesos de asimilación, de recuperación y de crecimiento; la florescencia y la fertilización: las fuerzas de expansión y de contracción, de electricidad, magnetismo y gravitación: la oscilación de calor y luz, así como muchas otras que construyen el mundo de la vida y lo nutren y sustentan, y le dan calor y luz, color y belleza tienen lugar en silencio.

Los hombres no hacen más que imitar a la Naturaleza, tanto cuando construyen maquinarias, como cuando fundan organismos. La prueba de la eficacia de estos últimos consiste en la suavidad y quietud de sus actuaciones, puesto que el ruido y el rechinamiento sin indicios de defectuoso ajuste, fricción y pérdida de energía.

Esta misma ley se aplica también al carácter individual. Los que trabajan con menos ruido suelen ser los más diestros. Los hombres verdaderamente fuertes son, por lo general, los más silenciosos, así como los más gentiles.

Los que más hablan son los que menos hacen. El silencio interno indicador del dominio completo y consciente sobre todo el organismo es esencial para esa obra constante, persistente y concienzuda que conduce hacia las grandes realizaciones y hazañas. Los hechos más bravos son los que se hacen y viven en silencio.. La incalculable fuerza de la voluntad humana -cuyo valor apenas reconoce el mundo moderno- opera en silencio. Saber es bueno; osar es mejor; pero ser silencioso es lo mejor de todo. El discurso corresponde a hombres; la música a los ángeles, y el silencio a los dioses. Los sonidos tienen principio y fin y son temporales. El silencio nunca cesa, y es eterno. Las voces de los sabios y de los más compasivos no son oídas más que por quienes saben substraerse al tumulto de las palabras y de las querellas humanas, para colocarse en el centro, esperar que suene la música del silencio y aprender la sabiduría, la fuerza y la belleza que fluyen de ese centro para quienes pueden aliarse con esas secretas fuerzas benéficas de donde vendrá la salvación de los hombres y la salud del mundo.

Según una ley oculta, la charla innecesaria y excesiva representa un gran derroche de energía. Cuando Jesús sanó al hombre enfermo le recomendó que siguiera su camino y no contase a nadie lo que había ocurrido. Cuando es preciso hablar es preferible hacerlo después de haber estudiado el hecho de que se trata en la conversación. Se malgasta más energía en la conversación superflua y necia que en ninguna otra cosa. Los irreflexivos prestan poca atención al prudente consejo que deben escuchar más que hablar. Pocos son los grandes oyentes, pero el mundo está lleno de grandes habladores. Quien quiera aprender para llegar a sabio, debe, ante todo adquirir el arte de permanecer silencioso mientras que observa, oye y piensa continuamente.

El primer paso que debe darse en el camino de la sabiduría es el de permanecer en silencio, en tanto que éste sea atento y activo, y no puramente pasivo. Este principio regía en las escuelas pitagóricas, en donde los discípulos, conocidos con el nombre de akoustikoi u oyentes, pasaban por un período probatorio de absoluto silencio, durante el cual no se consentía que hablaran. ¿Cómo podría enseñar un maestro a quienes no saben estar en silencio? Los hombres se lamentan de la falta de cultura, pero suelen tener ellos mismos la culpa, porque no dejan ningún resquicio en su mente para que penetren en ellas las nuevas ideas, ya sus "principios pensantes" como los llama Patanjali, se encuentran en estado de modificación o "agitación" turbulenta, de suerte que las nuevas enseñanzas rebotan en la mente como los objetos que se lanzan contra la periferia de una rueda que gira con gran rapidez.

En la ciencia física abundan las analogías y ejemplos de la ley del silencio. La luz sólo es visible cuando da en un objeto oscuro. Si no hubiera nada que recibiera la luz, todo permanecería en tinieblas. El sonido divide la continuidad del silencio en fragmentos y secciones, y de este modo lo hace perceptible a nuestros sentidos. La música está compuesta en silencio, del mismo modo que una estatua de Fidias está esculpida en un mármol informe, o los esplendores de la puesta del sol se reflejan en la pura e invisible luz blanca.

Toda nota musical se compone de numerosas porciones de silencio separadas entre sí como las divisiones de una regla que marcan distancias en el espacio inconmensurable. El ritmo, la melodía y la armonía no son otra cosa que métodos de espaciar y colocar en patrones los fragmentos del silencio. Así como todos los colores existen en la luz blanca, así también todos los sonidos están latentes en el silencio. Así como la luz de un Masón no es otra cosa que tinieblas hechas visibles, así también la música o el sonido es silencio hecho audible.

Por lo tanto, la Francmasonería es en realidad un drama de silencio, una sinfonía a base del tema del silencio. Ella llama a los hombres para que abandonen el tumulto y la barahúnda de los negocios humanos y se retiren a ese centro silencioso en donde no pueden penetrar los sonidos y en donde todo es paz. El deber primero y constante de todo francmasón estriba en conservar cerrada la Logia, en guardar silencio y cobijarse en ella. El candidato a la Masonería que va en busca de la verdad entra en la Logia en silencio y tinieblas y es conducido desde los tumultuosos sonidos del exterior hasta el mundo interno en que cesan todo ruido y en donde reinan la paz y el silencio serenos. En todas las etapas de su progreso es puesto a prueba en silencio y jura permanecer callado, hasta que, por fin, sufre la última pena antes que ser infiel al silencio. Después, desciende a la calma final; es exaltado a una vida más plena, y oye que le dicen que busque en el sosiego de su corazón los secretos verdaderos que el Maestro Hiram se llevó consigo al silencio.

La entrada en la Francmasonería significa la iniciación en el conocimiento del silencio; de suerte que, a medida que el masón progrese en su ciencia, ha de aprender a amar el silencio, a morar en él constantemente, a penetrar cada vez más en sus profundidades y maravillas. Los hombres que viven en el tumulto del mundo son muy propensos a olvidar la existencia del silencio y los misterios que éste guarda. El ruido es vida para ellos, y cuanto más estrepitoso es el sonido, más abundante es su vida. Ellos creen que la ausencia de sonido es carencia de vida, es muerte. Pierden gradualmente la fe en todo cuanto no puede ser tocado y visto y, no sólo se convierten en meros agnósticos, sino, además, llegan a ser francamente materialistas. Cuando la muerte acalla todo, no esperan nada porque creen que los misterios de la vida y de la muerte y hasta el amor dejan de tener significación alguna. La Francmasonería retrotrae a los hombres a esos misterios, que no pueden ser resueltos ni destruidos con negaciones; ella no sustenta que puede develar los misterios, pero, por lo menos, vuelve a proclamar nuevamente que existen y manda a los hombres en busca de lo perdido.

La Francmasonería aprovecha todas las oportunidades que se le ofrecen para inculcarnos la inexistencia de inefables misterios tras de toda vida y de toda naturaleza, para lo cual se vale de los artificios del ritual y de la ceremonia. Ella nos muestra esto, símbolo tras símbolo, ordenándonos que contemplemos los eternos principios que éstos representan, de los cuales son mudos testimonios, pues los planes del Divino arquitecto se desarrollan lentamente por estos principios, trabajando en silencio para ordenar todas las cosas conforme a la belleza, la fuerza y la sabiduría.

Así que la insistencia de la Francmasonería en la necesidad del silencio y del secreto está verdaderamente justificada. La inmutable tradición de la Francmasonería ordena sabiamente que todo Hermano debería comprometerse a sellarse los labios como prueba de su lealtad al silencio. En cada nuevo grado el Francmasón se sumerge cada vez más profundamente en el corazón del silencio, hasta que, finalmente, pasa por el Silencio de la Muerte, el gran silenciador, para encontrar que ha sido exaltado a una vida superior, en donde una voz que surge del silencio susurra débilmente, hablándole del centro en que él podrá encontrar el verdadero secreto del Masón, para lo cual ha de ir completamente solo. En el Centro, en el silencio de su propio corazón, encontrará él el punto situado dentro del círculo en donde, como dice un himno egipcio, moran "La Única Obscura Verdad, el Corazón del Silencio, el Oculto Misterio y el Dios interno entronizado en el altar".


POWELL, Arthur E., (1987) LA MAGIA DE LA FRANCMASONERÍA

Barcelona, Edicomunicación, S.A.

La Iniciación masónica

¿Qué significado tiene la Iniciación Masónica? La respuesta viene en otra pregunta: ¿qué significado tiene para nosotros? ¿Es solamente formal? Ella está supuesta a iniciarnos en una nueva experiencia de la vida, o sea, a ponernos en el camino de esas nuevas experiencias. De ahí que se denomine a ese gran momento, Iniciación.

Pero aun así, depende de cada uno el que ésta sea efectiva. En realidad, la Iniciación masónica no puede ponernos en ese camino si no estamos preparados y predispuestos para tomarlo, pues ella tiene sólo un carácter simbólico. ¿Qué utilidad tienen entonces las iniciaciones masónicas? El grado de Aprendiz y cada grado sucesivo de la Orden comprenden cierta etapa evolutiva, o sea, cierto estado de conciencia, y nadie puede, naturalmente, conferirnos un estado de conciencia u otorgarnos un determinado grado de evolución, ni iniciarnos en él. Cada cual tiene, por tanto, que ser interiormente un iniciado de algún grado, antes de que pueda tomar efectivamente la Iniciación correspondiente. Uno es un iniciado; nadie puede hacerlo un Iniciado.

Sin embargo, con la debida comprensión, cada Iniciación puede significar un paso de incalculable trascedencia en nuestra vida, y está concebida con esa finalidad. De ahí la necesidad de que comprendamos el verdadero propósito de las ceremonias iniciáticas de la Masonería.

El Cuarto de Reflexión y el examen de sí mismo que cada uno hace en él, como preámbulo de la Primera Iniciación, debe haberlo preparado previamente para este gran momento. Todo el que ha reflexionado suficientemente a lo largo de su vida sobre el paso que está por dar, al tomar la iniciación, debe poseer también la debida madurez y la necesaria conprensión para poder participar efectiva y no formalmente, de todo lo que ha de llevarse a cabo en la ceremonia y ver lo que las formas revelan.

Con esa predisposición, el candidato sentirá, durante la ceremonia, que está en presencia de algo significativo. Cada palabra, cada acto del ritual, encerrará alguna clave que, como una chispa, podrá encender alguna luz interior que estaba ya lista para manifestarse en él, iniciándolo en alguno de los sagrados misterios de la vida y del ser. La Iniciación resultará, entonces, por lo que implica, un hecho real y no una forma ceremonial, saliendo de la misma un verdadero iniciado en los secretos de la vida.

El camino evolutivo tiene para todos, sin excepción alguna, ciertas etapas bien definidas. Una Iniciación masónica ofrece, al que la toma y a los que participan en ella, una representación dramática de este proceso de realización del ser, con lo cual muestra un cuadro anticipado de este proceso. La Iniciación comprende solamente la primera etapa a recorrer, pues la limitación de nuestra mente no nos permite abarcar más. Pero ella nos muestra lo suficiente para que podamos prever lo que esa etapa encuadra y no andemos tan a ciegas.

Los ritos de la iniciación nos muestran los pasos que debemos dar para recorrer esa próxima etapa del camino, facilitándonos con ello un progreso más rápido.

La Iniciación nos anticipa, pues, el futuro. Y, para que el mismo nos quede fielmente grabado en la memoria, nos hace ensayar, a través de su desenvolvimiento, el papel del drama que habremos de representar en la vida real en el futuro. Ella constituye, por tanto, un ensayo del drama a desarrollarse.

La primera Iniciación masónica, o sea, la del grado de Aprendiz, se diferencia de las demás por el hecho de que resume singularmente, en forma sintética, los tres principales grados o las etapas a recorrer, además de extenderse en la propia, demostrando nuevamente la ley de analogía de "cómo es arriba es también abajo". Ofrece de esta manera, a vuelo de pájaro, una idea general del camino evolutivo.

Un motivo para ello parte, indudablemente, del hecho de que el método natural para reconocer la realidad es el de ir de lo general a lo particular y que, por otro lado, por adelantados que estemos en el camino evolutivo, seguimos siendo siempre aprendices.

Sin necesidad de entrar en detalles sobre las otras iniciaciones superiores vedadas a los Aprendices, podemos considerarlas someramente a todas en este Grado. Esta particular Iniciación constituye, en realidad, un ensayo general de todo el drama que ha de desarrollarse en nuestra vida, visto a través de la Masonería.

De esta manera recalca al Iniciado la realidad que William Shakespeare intuyó de que este mundo es un escenario y que todos somos actores en él. Si bien debemos poner en su representación mente y corazón, no debemos olvidar que somos en realidad meros actores, y que debemos desempeñar nuestros papeles con el desapego que nos corresponde.

Este ensayo general tiene además un fundamento psicológico bien conocido. Este es que "la acción sigue al pensamiento", y que "la visión de lo que queremos llegar a ser debe preceder lo que somos actualmente". En adelante el iniciado debe tratar de vivir como si hubiera llegado al grado de evolución que le marca la iniciación tomada.

La ceremonia de Iniciación revela al mismo tiempo la fórmula de realización para cierta etapa de la vida. Nos sugiere que encaremos esa realización en forma científica, aplicando esa fórmula; que la pongamos a prueba y veamos si da el resultado anunciado. Podemos resumir diciendo que las iniciaciones masónicas nos muestran el camino que tenemos por delante para su comprobación. ¿Comprendemos por qué las iniciaciones se caracterizan por determinadas pruebas a las cuales se somete el Iniciado?

Para realizar esas comprobaciones en forma científica y evitar engañarnos es indispensable llevarlas a cabo con una mente abierta, desapasionada y libre de prejuicios. Para observar el cuadro es necesario salirnos de él.

Nada ayuda tanto para progresar por este camino como el desapego y el desapasionamiento. ¿Por qué? Porque estamos apegados a los intereses materiales y nos es necesario desprendernos de los lazos que nos atan a ellos en nuestro corazón. Es natural que tratemos de agarrarnos a las personas y a las cosas que nos rodean en la obscuridad en que nos movemos; y de ahí nuestro apego a los bienes materiales. También, como un árbol milenario, la raíz de nuestra existencia está firmemente arraigada en la tierra y no nos es fácil salir de ella y volver la atención a las energías que nos llegan de arriba, sin las cuales no podríamos vivir y de nada nos serviría la tierra.

Pero para progresar en el camino hacia la total liberación de limitaciones, es lógico que tengamos que desprendernos de esas ataduras mentales que limitan nuestra vida y dificultan los pasos que debemos dar hacia adelante.

El progreso es difícil llevando un peso muerto atado al pie. No podemos dar un paso adelante sin despegar el pie de donde está apoyado. No es posible adelantar por camino alguno sin dejar atrás o trascender muchas cosas. Continuar manteniendo posiciones de retaguardia que hace tiempo hemos trascendido, es querer salvarnos cometiendo suicidio. No podemos traficar con cosas que tenemos que trascender. Tenemos que ser enérgicos en este sentido. Debemos enfrentarnos con nosotros mismos y preguntarnos a qué cosas estamos dispuestos a renunciar para poder aceptar la nueva vida.

Cada iniciación verdadera constituye un punto de síntesis alcanzado en nuestra vida y debe marcar el final de una etapa de superación y el comienzo de otra.

Nuestro proceso evolutivo se compone de un proceso gradual de cortar lazos y desprenderse de ataduras que limitan la vida. El camino está libre. El primer desapego en la primera etapa de la vida se produce al cortarse el cordón umbilical de la mater. El segundo, al desprenderse, paso a paso, de las ataduras de la materia.

Para indicársenos que el desapego de los bienes e intereses materiales es uno de los primeros y más importantes pasos que debe dar el que inicia este camino, se le pide, al que quiere hacerlo, que entregue la "joyas y metales" que tenga. De esta forma se procura prepararlo y probarlo para el progreso en el camino que debe recorrer. No son los bienes materiales en sí los que limitan, sino el sentimiento de apego a ellos como a cualquier otra cosa. Para darnos a entender esto se nos devuelven finalmente los "metales".

Cualquier vicio es, también, una atadura que limita e impide nuestro progreso. El materialismo y el apego a los bienes materiales pueden constituir una limitación, una esclavitud y una tiranía muchas veces peor que cualquier totalitarismo. Aunque la jaula sea de oro no deja de ser prisión.

Tomamos demasiado en serio nuestro papel como actores en este drama y olvidamos que todo es prestado en la obra que estamos realizando, que no somos más que simples administradores de los bienes que tenemos en nuestras manos. Nos aferramos a ellos como si pudiéramos adueñarnos de su forma y llevarlas con nosotros a la vida real, como si tuvieran un valor verdadero en vez del convencional.

Cuando actuemos como si las energías y los recursos de que disponemos con nuestros exclusivamente en vez de prestados, asumimos una actitud separativa, separándonos y excluyéndonos mentalmente de la fuente única de energías. Tratando de acaparar recursos, ponemos límites a nuestra posibilidades de progreso. Comprendiéndolo, debemos vencer esta tendencia a defraudar nuestro progreso.

Al quitársenos y entregársenos de nuevo los "metales" se nos indica, con ello, que los bienes materiales son prestados por un tiempo por el G.: A.: D.: U.: para ayudarnos a alcanzar un propósito más elevado de vida. Se nos devuelven cuando los hemos dedicado a ese fin y hemos probado con nuestra actitud que estamos dispuestos a utilizarlos en adelante como corresponde para la construcción del Templo del G.: A.: D.: U.:.

Lo que alcanzamos en cada paso adelante que damos por este camino de autodedicación vale muchas veces más que lo que dejamos atrás. ¿Cómo cambiar, en este caso, de sacrificio? Sacrificio es, por el contrario, renunciar a lo más por lo menos.

La entrada

La entrada al Templo se inicia con tres golpes sobre la puerta, dando a entender que la triplicidad es el principio de todo lo que sigue. La puerta se abre sólo al que golpea en ella en forma adecuada, indicando la síntesis alcanzada.

Esto es sintomático de todas las "entradas" que seguirán. Basta golpear adecuadamente a las puertas en el camino para que indefectiblemente se vayan abriendo. Si no abren, podemos estar seguros, es porque no llamamos a ellas con la correcta actitud.

Si nos acercamos a este momento solemne de la Iniciación como el que está entrando por la puerta hacia una nueva experiencia de la vida, resultará indudablemente una realidad.

Para poder entrar al Templo y llevar a cabo la Iniciación, tenemos que pasar inevitablemente por entre dos columnas poderosas situadas a lados opuestos de su portal. Estas columnas tienen una importancia fundamental en el Templo. Constituyen el punto de partida de todo cuanto se realiza en él. Tanto es así que hablamos de levantar columnas cuando nos referimos a abrir una Logia, lo cual equivale a nacer a una nueva vida.

Este hecho lleva involucrado un mundo de significados. La primera vez que pasamos entre columnas lo hacemos a ciegas y sin darnos cuenta de ello, ya sea al iniciar una nueva vida en el Oeste o al nacer a ella. Luego lo hacemos con los ojos abiertos, conscientes de ello aunque no siempre de su significado. Lo repetimos después siempre que entramos al Templo o cuando nos poner al orden del Ven.: M.: para realizar algún trabajo.

Las dos columnas, "B" y "J" representan los pares de opuestos o la dualidad en nuestro ser: una el polo positivo, el espíritu o la mente y, la otra, el aspecto negativo, la materia o el corazón. Cada masón lleva en sí estas dos columnas. Constituyen las dos piernas sobre las cuales nos sostenemos y caminamos por el sendero hacia nuestro objetivo. Ambas son necesarias. Tratar de eliminar una de ellas para eliminar la lucha de los opuestos es como eliminar una de nuestras piernas. Faltando una de estas dos columnas se derrumba el Templo.

Lo primero que se hace con el neófito es ponerlo entre columnas, para que asuma el lugar de su verdadero ser y para indicarle, desde un principio, la posición de síntesis en medio de opuestos que debe caracterizarlo en adelante; que debe pasar a través de ellos en su búsqueda del camino medio del equilibrio, o sea la síntesis que únicamente puede llevarlo a su autorrealización. Lo que es más significativo aún, le indican que al pasar entre ellas, para entrar al Templo, tiene que dejarlas atrás... El que va por el camino medio de la síntesis vivirá en armonía con todo, aunque haya cosas que no estén en armonía con él.

Estas dos columnas le indican, asimismo, la solución de uno de los problemas más grandes y más difíciles que tendrá que afrontar en su camino de superación. A saber: el problema del sexo. El problema consiste en que los sexos están colocados en polos extremos. En un extremo está el aspecto positivo del hombre y en el otro el aspecto negativo de la mujer.

La solución de este problema, como la de todos, está en pasar por entre las dos columnas no en género neutro, sino en equilibrio, en armonía o sea en la síntesis de los dos sexos atraídos por algo superior a sí mismos que, reuniendo todo su poder creativo, los redima.

Estas dos columnas adquirirán un simbolismo bello y glorioso el día en que pasen entre ellas el hombre y la mujer tomados de la mano y en perfecta armonía uno con la otra, como si esas columnas tomaran vida y salieran andando.

Hay muchos otros significados ocultos detrás de estas dos columnas. Cada uno puede hallarlas si busca un poco. No nos será difícil si nos proponemos ser personas equilibradas, si siempre que entramos al Templo y pasamos entre las columnas "B" y "J" tenemos en cuenta que lo hacemos buscando el camino medio del equilibrio y la armonía en todo lo que realizamos allí dentro, dejando atrás los opuestos, los antagonismos y los separativismos para trabajar en completa unidad. Esto nos llevará a sumergir nuestra personalidad en la gran obra sintetizadora de la Masonería para surgir con los hermanos de nuestra Logia en la construcción de las tres cúpulas del Templo.

Los opuestos están tan lejos y a la vez tan cerca uno del otro como el Este del Oeste. Un buen sector de la Humanidad cree, en primera instancia, que para llegar a la Armonía es necesario eliminar la Oposición. Las dos columnas del Templo masónico nos muestran, sin embargo, otra solución: el surgimiento del camino medio o superior donde se unen ambos caminos en una síntesis, o sea donde reina silencio en ambas columnas, el punto donde se inicia el camino a lo infinito.

Los viajes

Este camino se inicia al abrirse para el neófito la puerta del Templo, que se halla ubicada al Oeste, símbolo de la oscuridad. El ignora a qué experiencias lo admite esa puerta. Para más, se lo introduce por ella con los ojos vendados para indicarle la gran oscuridad que caracteriza la etapa inicial de las experiencias por las que ha de atravesar.

Éstas, como queda señalado, no son inventadas por la Masonería. Están en conformidad con la estructura y la constitución del hombre y del universo, y de acuerdo con ciertas leyes que rigen el proceso creativo y evolutivo. Son universales y aplicables a todos los hombres. No podemos preguntar por qué son así más de lo que podemos inquirir acerca del porqué de fenómenos como el de la herencia, la evolución, la gravitación y el de causa y efecto. Debemos aceptarlas como son y conformarnos a sus leyes. Es con esta actitud que debemos atravesar la puerta de la Iniciación de la vida si queremos sacar el provecho que ella nos depare.

Los tropiezos que tenemos en la vida, los errores que cometemos, la manera en que equivocamos con frecuencia la dirección que deberíamos seguir, los temores y las aprensiones que nos embargan, son indicios de la oscuridad en que efectivamente vivimos.

La oscuridad es símbolo de limitación; y la luz significa para el eterno viajero la liberación de limitaciones. Aunque no la pueda ver por hallarse la luz muy lejos, intuye que la puerta iniciática de alguna manera o de otra lo conduce a ella. Presiente, en su búsqueda desesperada, que se halla en dirección al Oriente, y que se encuentra en el punto opuesto de donde él está

El órgano visual en este camino no es la vista ocular sino la mente. Es por esto que durante la ceremonia se le vendan los ojos al neófito. De esta manera se aguza su mente y no distrae su atención con las superficialidades que lo rodean y los compañeros que lo asisten. Son innumerables las indicaciones útiles que pueden derivarse para el neófito de todo lo que sucede durante la Iniciación si mantiene la debida atención.

El hecho de que va con los ojos vendados debe indicarle, asimismo, que la ceguera de su vida no es real y que debe buscar la manera de despojarse de la venda que cubre sus ojos; que la luz está allí y si no la ve es porque aparta la vista de ella para mirar en la oscuridad. En realidad, aunque se resista a admitirlo, le gusta la oscuridad mucho más que la luz. El hecho de que permanezca en ella lo comprueba. Salir de la oscuridad, depende de él solamente.

Sin perder de vista el objetivo lejano de iluminación y realización, la Iniciación nos insta a fijarnos metas inmediatas y tratar de alcanzarlas una tras otra. estas metas están definidas por la Masonería en sus tres grados: el de Aprendiz, el de Compañero y el de Maestro, los cuales están esbozados en la primera Iniciación.

Los tres viajes que realiza en ella le indican al iniciado que tiene por delante un camino que recorrer y que éste consta de tres etapas. También tratan de mostrarle que todo en la vida se desenvuelve en ciclos, y que cada etapa del camino equivale a un determinado ciclo de evolución. Es por esto que los tres viajes se realizan en forma circular. Parten y terminan entre columnas para indicar el punto de síntesis a que es indispensable llegar en cada ciclo evolutivo.

Son viajes simbólicos a través de la vida de todo hombre. Durante el transcurso de la misma camina tanteando y tropezando torpemente en la oscuridad hasta el final del tercer viaje en que recibe la luz directa de la intuición y cae finalmente la venda de sus ojos también, como en la vida real, al neófito se lo puede orientar o conducir, pero no arrastrarlo o cargarlo -tiene que dar los pasos por su propio esfuerzo y consciente de lo que hace, pues ésta es una empresa de realización propia.

El primer viaje es por aire, porque en él recibimos el aliento de vida necesario para iniciar el camino y la nueva vida la cual nacemos. Esta etapa requiere mucho aliento. Se desenvuelve en el plano físico e involucra las actividades del cuerpo etérico, vital y físico. Durante esta etapa el viajero se halla sumido en el materialismo y las satisfacciones materiales, y lo dominan sus apetitos y su personalismo.

Inicia esta etapa de su vida en medio del trepidar de espadas en la lucha de opuestos dentro de sí. Su meta, al final de este viaje, es llegar al punto de síntesis o armonía entre los opuestos. esto lo consigue a través de la integración de su personalidad.

El primer viaje lo lleva al 2º Vigilante, el cual representa la personalidad o nuestra naturaleza material. El viaje termina entre columnas.

El segundo viaje es por agua. El agua simboliza la naturaleza emocional y esta etapa se caracteriza por el emocionalismo y las grandes luchas internas que finalmente conducen al caminante al sitial del 1er Vigilante.

El tercer viaje es por fuego, el cual simboliza nuestra naturaleza mental. En esta etapa el peregrino, tras consumirse en un fuego sagrado resucita a una nueva vida, espiritualizado y liberado de sus limitaciones, habiendo escalado las tres gradas al trono del espíritu o ser supremo entre nosotros, representado éste por el Venerable Maestro de la Logia. Cae la venda de los ojos. Todo se ilumina entonces en la logia individual y colectiva.

Aquí terminan los viajes, habiendo alcanzado simbólicamente su objetivo.

Lo usual es que el Iniciado haya empezado a escalar en esta Iniciación, apenas el primero de los tres peldaños que lo llevarán al trono del Venerable Maestro. O que, en realidad, esté en el segundo o tercer escalón, por hallarse ya en esa etapa de su evolución.

Al final de tantas vueltas el viajero termina regresando a sí mismo, encontrando dentro de sí la luz que buscó con tanto ahínco por tierras extrañas y con experiencias no siempre agradables. Los viajes le parecían entonces interminables, pero al final ve que no eran tan largos después de todo. En la realidad es así, aunque solemos impacientarnos por lo lento que nos parece el progreso.

Cuando los realizamos con los ojos vendados durante la ceremonia de Iniciación nos parecen extensos, pero al quitarnos la venda de los ojos, nos sorprende ver cuán reducido era el espacio en que nos movimos, pues como en una espirales tuvimos dando vueltas en el mismo sitio.

Esto nos indica que el camino está dentro del espacio de nosotros mismos, cada uno es una logia en funcionamiento. Las iniciaciones que recibimos en las Logias formales son sólo simbólicas. Las verdaderas las recibimos en nuestra logia individual. Éstas siempre coinciden en sus grados con las primeras.

Sacamos de ello en conclusión que el hecho de haber realizado estos viajes sobre baldosas negras y blancas que tuvimos por suelo, las cuales simbolizan los pares opuestos, nos insta a mantener a éstas bajo nuestros pies, es decir, bajo control, a ser superiores a sus luchas y fluctuaciones, a mantener serenidad, equilibrio y armonía en todo momento, afirmados sobre lo inconmovible de nuestro espíritu y la seguridad de lo inevitable de nuestra meta de autorrealización.

El final

Las palabras y sus expresiones frecuentes resultan inadecuadas para explicar las experiencias y los misterios de la vida y del ser. Siempre que intentamos hacerlo corremos el riesgo de desorientar a quienes queremos ayudar. Y la inofensividad debe ser la regla número uno de nuestra vida. De aquí que se le exija al Aprendiz la promesa de ser reservado en sus declaraciones sobre todo lo que se le va revelando.

Sus conocimientos, por ser relativos, parciales e incompletos, están sujetos a conclusiones erróneas. Sólo cuando posea la luz directa e la intuición que le permita un conocimiento completo de las cosas estará en condiciones de sopesar y valorar las consecuencias de sus afirmaciones.

Mientras tanto debe dedicarse pacientemente a la tarea de someter al crisol de la experiencia todas las indicaciones que reciba sobre el camino a seguir y los supuestos secretos que le revelen sobre la vida y el ser, para poder extraer de ellos el oro puro de la Realidad. La ayuda más efectiva que se le puede ofrecer al caminante es estimularlo a que haga esto, si es posible, con el fin de capacitarse para ayudar con la fortaleza adquirida, a los compañeros en el sendero de la superación.

El proceso evolutivo es una cadena, y todos somos eslabones de esa cadena. La unidad es la característica esencial del universo y debe serlo también en nuestra Logia, tanto en la colectiva como en la individual. El desarrollar la conciencia de la realidad de esa unidad es el objetivo de todos nuestros trabajos. De la unidad personal pasamos a la unidad grupal de la Logia y de ésta a la conciencia de la unidad universal. Para que la tengamos siempre presente está la cadena que rodea el templo masónico.

Esta unidad es evidentemente subjetiva. La cadena material y superficial significa esclavitud. En todos los órdenes de la vida debemos elegir diariamente entre la cadena de la unidad y la cadena de la esclavitud. Sólo de la unidad subjetiva viene la armonía y la fuerza. Esa unidad tiene una sola amalgama en todo el universo: el amor.

Al final del drama evolutivo que se ha realizado en la ceremonia de Iniciación, como es costumbre, salen a escena todos los que han actuado en él. Como broche final se forma la cadena masónica. este último acto tiene por finalidad dejar grabado en la mente de éste, como resumen de todo lo actuado, que debe esforzarse por eliminar de sí todo sentido de separación, porque no existe, en realidad, separación alguna subjetiva entre un hermano y otro. El más débil del grupo debilitará al conjunto; es decir, el grupo no será más fuerte que el más débil de sus integrantes. Deben progresar juntos por fuerza. En bien del conjunto, todos estarán dispuestos a ayudar al Aspirante.

Siendo éste el más nuevo, se lo considera el más débil del grupo; y se lo insta, en bien de todos, que acelere el trabajo de su autorrealización. Se le crea esta obligación moral desde el momento que acepta entrar a formar parte del grupo que constituye la Logia.

Cada iniciación individual es, a la vez, una Iniciación grupal ya que solamente unidos podemos progresar. Cuando adelantamos en nuestra evolución individual atraemos hacia nosotros a todo el grupo.

Debido a que somos reproducciones del universo, que somos partes inseparables del mismo y que éste se halla dentro de nosotros, cada iniciación que realizamos en nuestro camino evolutivo constituye una iniciación universal, todo el universo participa en ella.

Simbólica y efectivamente en cada Iniciación nos abrazamos a los hermanos en tres ocasiones. De ahí el triple abrazo de síntesis al final de cada iniciación, con todo el significado que involucra.

Toda iniciación es el comienzo de algo. Nuestras iniciaciones masónicas han sido el comienzo ¿de qué en nuestras vidas?

W. L. C. (1967) La Gran Búsqueda

Buenos Aires, Editorial Unidad. Pp. 131-152.

BASES DE LA MASONERÍA

(Del libro "PORQUE SOY MASON" Autor: Luis Umbert Santos)

1.- La Masonería declara reconocer, por base de su trabajo, un principio superior e ideal, el cual es el Gran Arquitecto del Universo; no combate, no recomienda ninguna convicción religiosa ni quiere poner limites, con afirmaciones dogmáticas sobre la Causa Suprema, a las posibilidades de libre investigación de la Verdad.

2.- La Francmasonería quiere y trabaja para que individuo y sociedad no sean principios antagónicos, sino términos precisos de una relación moral, y consecuentemente a ellos declara que aspira y labora con constancia para que la JUSTICIA sea eterna reguladora en la vida del hombre en sus relaciones con la sociedad.

3.- La Francmasonería acata las instituciones legitimas que existan y puedan existir en los países donde trabaja... Declara que es tarea primordial a la que dedican sus actividades, la de TRABAJAR POR LA PAZ DE LOS PUEBLOS.

4.- La Francmasonería es un mundo de escogidos, de obreros laboriosos del porvenir que marchan a la vanguardia del progreso, que trabajan en la obra futura, que se adelantan a su ‚poca, que sienten su frente iluminada por el sol de otra edad de fraternidad y de civilización; así, animados de sublimes esperanzas, congregados por un sentimiento de amor honran al hermano que ha sido buen obrero.

5.- La Masonería es un código de dignidad. En cada una de nuestras sesiones recibimos el óleo santo característico que nos sirve de inspiración y es motivo de lucha. El indigno no tiene cabida en nuestro templos, porque la Masonería, que es sementera de hombres libres, no puede tolerar su presencia.

6.- El Gran Arquitecto del Universo, no es sino una formula, casi si un símbolo casi una frase. Una idea para que cada quien la aproveche a medida de su inteligencia, de su concepción deista o puramente literaria o intuitiva: por eso no la definimos. Todo es así, idea, un principio; para unos la Revolución; para otros la Evolución; para todos, la encarnación del propio pensamiento de cada uno, sin forma ni figura; sin culto ni adoración; sin amor ni temor; sin esperanza, ni disolución.

¿PORQUE SOY MASÓN?

Porque en el seno de la Francmasonería he aprendido a ser bueno, leal y feliz. He descubierto la senda de amar a Dios; pero no por el temporal castigo o el interés a recibir el premio. Amarle sí, pero con la pureza del desprendimiento y la abnegación de una vida limpia de falsas teorías y vergonzosos fanatismos.

En la Francmasonería, he aprendido a vivir siempre sonriente y tranquilo que es gozar de la sublimidad y exquisita belleza de la vida.

Pues soy masón, porque soy hombre honrado, libre y de buenas costumbres.

Los Landmarks

Forma parte de un capítulo de "Masonería"© (todos los derechos reservados, prohibida la reproducción total o parcial sin mencionar al autor) libro del que es autor Don Miguel Ángel de Foruria y Franco, Pasado Gran Maestro y Gran Maestro de Honor ad Vitan del Grande Oriente Español, Pasado Diputado Gran Maestro de la Gran Logia de España, Gran Inspector de Comunicación y Publicaciones de la Gran Logia de España, Soberano Gran Inspector General Grado 33 del R.·. E.·. A.·. y A.·. y actual V.·. M.·. de la R.·. L.·. S.·. Cibeles Nº 131.

Leyes inmutables de la Masonería


Los antiguos límites o Landmarks

La palabra limites o Landmarks, fue tomada de la Biblia por los primitivos masones especulativos. Significa manera de determinar, marcar o señalar los linderos o límites que separan las propiedades de diferentes dueños. Desde la más remota antigüedad se tenía por costumbre limitar las propiedades con piedras, y cambiarlas de lugar estaba considerado como el crimen más horrendo. Al respecto la ley judaica dice: "tu no debes cambiar las señales de tu prójimo, las que el tiempo le ha dado en patrimonio".

La Masonería hizo suya la tradición judaica y dio desde muy antiguo esa designación a los principios o leyes tradicionales y esenciales de la Francmasonería. Muchas son las opiniones. Casi tantas como autores se llegan a consultar sobre cuánto de la legislación masónica debe de ser considerado, como integrante de los antiguos límites, es decir, que parte de las leyes y tradiciones de la Orden deben de considerarse Landmarks. La opinión más generalizada, coincidente con la expresada por los pensadores más prestigiosos de la Institución, es la de que deben de abarcar tan sólo las más antiguas y por lo tanto más universales costumbres de la Francmasonería.

Por lo tanto, el primer requisito que debe de cumplir cualquier ley o tradición masónica para ser considerada Landmark es que, las normas o preceptos a los que se refiera, deben de haber existido desde "la época en que la memoria del hombre ejercía una influencia no contraria". Su antigüedad, por ello, es el elemento esencial. Hasta el punto de que si hoy se celebrara un concilio mundial, en el que estuvieran representados todos los masones a escala universal, con todas las tendencias y, por absoluta unanimidad emanara del concilio una nueva legislación, esta obligaría a cuantos se quisieran considerar masones, mientras que estuviera en vigor. Pero nunca podría ser considerada un Landmark. Tendría, es cierto, el carácter de universalidad, pero carecería del de antigüedad.

Además de su universalidad y su antigüedad, las principales peculiaridades de los Landmarks son las de su inmutabilidad e irrevocabilidad. Esto es, los Landmarks no pueden ser alterados ni suspendidos. Lo que representaron hace siglos, lo que hoy representan y lo que representarán, deberá subsistir mientras exista la Masonería.

Los Landmarks según Albert Gallatin Mackey, 1858

Hasta mediados del siglo XIX, concretamente en 1858, no fueron enumerados y codificados, lo hizo por primera vez el filósofo y escritor masónico Albert Gallatin Mackey, siendo publicados en la revista trimestral americana de la Francmasonería en octubre de aquel mismo año (volumen II, página 230), e incorporados a su libro de texto de jurisprudencia masónica tal y como, traducidos al español, los reproduzco seguidamente:

I. «Los medios de reconocimiento son, de todos los Landmarks, los más legítimos e incuestionables. No admiten variación. Y si alguna vez han sufrido alguna alteración o adición, la maldad de tal violación de la ley antigua, se ha manifestado posteriormente por sí misma.

II. La división de la Masonería Simbólica en tres grados es un Landmark que ha sido conservado mejor que cualquier otro; aunque también en este caso el espíritu malévolo de la innovación ha dejado sus huellas. Y por medio de la dilaceración de sus partes concluyentes del tercer grado, ha originado la falta de uniformidad con respecto a la enseñanza final del grado de Maestro. Y el Arco Real de Inglaterra, Escocia, Irlanda y América, así como los altos grados de Francia y Alemania, están formados para diferir en el modo en que conducen al neófito a la consumación suprema de toda la Masonería Simbólica. En 1813, la Gran Logia de Inglaterra vindicó el Landmark, decretando solemnemente que la Masonería del gremio antiguo constaba de tres grados: aprendiz iniciado, compañero del gremio y maestro masón, incluyendo el Arco Real Sagrado. Pero esta dilaceración jamás ha sido cicatrizada, y el Landmark, aunque reconocido en su integridad por todos, aun continúa siendo violado.

III. La leyenda del tercer grado es un Landmark importante, cuya integridad ha sido bien preservada. No existe Rito de la Masonería, practicado en cualquier país o idioma, en el que los elementos esenciales de esta leyenda no se enseñen. Las lecturas pueden varia y, en efecto, su cambio se verifica constantemente. Pero la leyenda, substancialmente, ha permanecido siempre la misma. Siendo necesario que así sea, pues la leyenda del Arquitecto del Templo constituye el punto esencial e identidad de la Masonería. Cualquier Rito del que fuese excluido o alterado materialmente, cesaría desde ese momento, por la exclusión o alteración, de ser un Rito masónico.

IV. El Gobierno de la Fraternidad por medio de un presidente llamado Gran Maestro, el cual es elegido del cuerpo del gremio, es el cuarto Landmark de la Orden. Muchas personas suponen que la elección del Gran Maestro se efectúa como consecuencia de una ley o reglamentación de la Gran Logia. Pero ese no es el caso, en absoluto. El cargo debe su existencia al Landmark de la Orden. Los Grandes Maestros o las personas que desempeñan las funciones bajo diferente pero equivalente título, se encuentran en los registros de la institución desde mucho antes de que las grandes logias fueran establecidas. Y si el sistema actual de gobierno legislativo de las grandes logias fuese abolido, aun seguiría siendo necesario el Gran Maestro.

V. La prerrogativa del Gran Maestro de presidir todas las asambleas del gremio, en cualquier lugar y en cualquier tiempo, es la quinta señal. Es, en consecuencia de esta ley derivada de la costumbre antigua y no de ningún mandato especial, por lo que el Gran Maestro asume el Poder o, como se llama en Inglaterra, "el Trono", en todas las reuniones de la Gran Logia. Y de ella le viene el derecho también a presidir todas las logias subordinadas en las que esté presente.

VI. La prerrogativa del Gran Maestro de conceder dispensa para conferir grados en ocasiones irregulares, es otro y muy importante Landmark. Conforme a las normas establecidas por la ley de la Masonería se requiere un mes u otro período determinado, entre la presentación de la petición de aumento de grado y la elevación del candidato. Igualmente ha de pasar un tiempo mínimo para pasar de un grado al superior. Pero el Gran Maestro tiene poder para dispensar del cumplimiento de esos períodos y permitir que el candidato sea iniciado a un grado superior. Esta prerrogativa la poseía el Gran Maestro desde antes de la existencia de la ley que marca los períodos de cadencia, y como ninguna norma puede degradar sus prerrogativas, aún conserva el poder.

VII. La prerrogativa del Gran Maestro de dar dispensas para la apertura o disolución de las logias es otro Landmark. Puede conceder, en virtud de esto, a un número suficiente de masones, el privilegio de reunirse en asamblea y conferir grados. Las logias de este modo establecidas, se llaman "logias de dispensación".

VIII. La prerrogativa del Gran Maestro de crear masones a primera vista es un Landmark que está íntimamente relacionado con el anterior. Existe un mal entendimiento en relación con este Landmark que ha llevado, a veces, a negar el mantenimiento de esta prerrogativa en la jurisdicción donde tiene su sede el Gran Maestro. Pero debe de quedar claro el derecho a ejercer dicha prerrogativa sin la oposición u observación menor.

IX. La necesidad de los masones de congregarse en las logias es otro Landmark No debe entenderse con esto que la señal antigua ha sido formada como consecuencia de la organización permanente de logias subordinadas, rasgo característico de la organización masónica en nuestros días. Las señales de la Orden prescriben desde siempre que el masón debe periódicamente congregarse con el propósito de realizar el trabajo activo o especulativo, y que estas congregaciones se llaman logias. Antiguamente, estas juntas eran extemporáneas y se reunían para fines específicos, disolviéndose una vez cumplido el objetivo; separándose por lo tanto los hermanos y reuniéndose en otras ocasiones u en otros lugares, de acuerdo con la necesidad o circunstancias. Los poderes de constitución, estatutos, oficiales permanentes, y reuniones anuales son innovaciones modernas fuera del todo de las señales, y dependientes totalmente de los actos especiales de un período comparativamente reciente.

X. El gobierno del gremio, siempre que se congrega la Logia, por el Maestro y dos Vigilantes, es también una señal. La congregación de masones reunidos bajo cualquier otro gobierno, por ejemplo, como el de presidente y vicepresidente, o regidor y sub-regidor, no sería reconocida como Logia. La presencia del Maestro y de los dos Vigilantes es tan esencial para la válida organización de la Logia como el Poder de la constitución en nuestros tiempos. Los nombres, por supuesto, varían en los diferentes idiomas. Pero los oficiales, su número, prerrogativas y deberes son en todas partes idénticos.

XI. La necesidad de que siempre que se reúnan todas las logias, sean debidamente vigiladas, es una señal importante de la Institución que jamás se olvida. La necesidad de esta ley tiene su origen en el carácter esotérico de la Masonería. Por lo tanto, el deber de guardar la puerta y vigilar a los cobardes y escuchas es antiguo y, por lo mismo, constituye una señal.

XII. El derecho de todo masón de ser representado en todas las juntas generales del gremio, y de instruir a su representante, es la señal duodécima. Anteriormente, estas juntas, que por lo general se reunían una vez al año, se llamaban asambleas generales y a toda la fraternidad, aun al aprendiz iniciado más joven, se le permitía estar presente. Ahora se llaman "Grandes Logia" y únicamente los Maestros y Vigilantes de las logias subordinadas son admitidos. Pero esto es simplemente como representante de sus miembros. Originalmente, cada masón se representaba por sí mismo. En la actualidad es representado por sus oficiales.

XIII. El derecho de todo masón de apelar a la decisión de sus hermanos de logia, a la Gran Logia o Asamblea General de masones, es una señal sumamente esencial para la preservación de la justicia, y para evitar la opresión. Algunas Grandes Logias modernas, al adoptar el reglamento de que la decisión de las logias subordinadas, en caso de expulsión no puede diferirse por medio de apelación, viola incuestionablemente la señal, así como los principios del gobierno justo.

XIV. El derecho de todo masón de visitar y sentarse en todas las logias regulares es una señal incuestionable de la Orden. A esto se le llama "el derecho de visita". Este derecho, por supuesto, puede ser alterado o suspendido en casos especiales y por diversas circunstancias. Pero cuando se niega la admisión a un masón en el pleno disfrute de sus derechos, es necesario que se deba a alguna razón suficiente y razonable, y deberá exponerse el porqué de la violación de lo que es, en general, un derecho masónico, fundado en las señales de la Orden.

XV. Es una señal de la Orden, que ningún visitante desconocido de los hermanos como masón, puede entrar en la logia sin pasar primero por el examen, de acuerdo con la costumbre antigua. Por supuesto, si el visitante es conocido de algún hermano de los presentes como masón en uso de sus derechos, y si ese hermano testifica sus calificaciones, puede dispensársele del examen, pues la señal se refiere únicamente a los casos de extraños.

XVI. Ninguna logia puede intervenir en los asuntos de otra logia, ni conferir grados a hermanos que sean miembros de otra logia. Esto es indudablemente una señal antigua, fundada en los grandes principios de la cortesía y bondad fraternal, que son la base de nuestra institución. La señal ha sido reconocida repetidas veces en épocas posteriores, de conformidad con las disposiciones de los estatutos y decretos de todas las Grandes Logias.

XVII. Es una señal que todo francmasón está sujeto a las leyes y reglamentos de la jurisdicción masónica en que reside, a la vez que no puede no ser miembro de ninguna logia. La falta de afiliación no excluye al masón de la sujeción a la jurisdicción masónica.

XVIII. Ciertas calificaciones de los candidatos para la iniciación se derivan de la Señal de la Orden. Estas calificaciones se refieren a que debe ser un hombre no mutilado; de nacimiento libre, y de edad madura. Por consiguiente, la mujer, el que ha perdido el uso de sus facultades, el esclavo o el que ha nacido en cautiverio, están descalificados para la iniciación en los ritos de la Masonería. Los estatutos, es cierto, han decretado de vez en cuando, ya sea vigorizando o explicando estos principios. Pero las descalificaciones provienen de la propia naturaleza de la Institución masónica y de sus enseñanzas simbólicas, y han existido siempre como señales.

XIX. La creencia de la existencia de Dios como el Gran Arquitecto del Universo, es una de las más importantes señales de la Orden. Ha sido siempre admitido que la negativa de la existencia del Poder Supremo como Autoridad Preeminente es una descalificación absoluta para la iniciación. Los anales de la Orden nunca han otorgado hasta la fecha, ni podría contemplar el caso de que un ateo declarado fuese constituido masón. Las mismas ceremonias de iniciación al primer grado prohíben y desde luego impiden la posibilidad de tal incidente.

XX. Subsidiaria a esta creencia en Dios, como una señal de la Orden, existe la creencia de la resurrección a la vida futura. Esta señal no es impresa tan positivamente al candidato por las palabras exactas como la precedente. Pero la doctrina que se enseña por inducción es perfectamente clara, y comprende el sistema entero del simbolismo de la Orden. El creer en la Masonería, y no creer en la resurrección, sería una anomalía absurda que solamente podría explicarse por medio de la irreflexión, pues aquel que confunde de este modo su creencia y su escepticismo, es tan ignorante del significado de ambas teorías, como si no tuviese principio racional para el conocimiento de una cosa o de la otra.

XXI. Es una señal que el "Libro de la Ley" debe constituir una parte indispensable del mobiliario de toda Logia. Digo deliberadamente ”Libro de la Ley”, porque no se requiere que en todas partes se usen los Testamentos Nuevo y Antiguo. El "Libro de la Ley" es ese volumen que, por religión del país, se cree contiene la voluntad manifiesta del Gran Arquitecto del Universo. Por lo que, en todas las logias que existan en los países cristianos, el "Libro de la Ley" se compone del Antiguo y Nuevo Testamento. En un país donde el judaísmo fuese la fe predominante, el Antiguo Testamento sería suficiente y, en los países mahometanos y entre los masones mahometanos, podría ser sustituido por el Corán. La Masonería no pretende interponerse con la fe religiosa de sus discípulos, excepto en los que se relaciona con la creencia en la existencia de Dios, y en lo que necesariamente se relaciona con esa creencia. "El Libro de la Ley" es para el masón Especulativo su tablero de trazado espiritual pues sin este no puede laborar. Y cualquier cosa que cree ser la voluntad manifiesta del Gran Arquitecto constituye para él este tablero espiritual, y debe estar siempre delante de él en sus horas de labor especulativa, pues es regla y guía de su conducta. Por consiguiente, la señal, requiere que el "Libro de la Ley", código religioso de la misma especie, designado como el ejemplar de la voluntad manifiesta de Dios, debe formar una parte esencial en el mobiliario de toda logia.

XXII. La igualdad de todos los masones es otra señal de la Orden. Esta igualdad no se refiere a ninguna subversión de esas graduaciones del rango que han sido constituidas por el uso de la sociedad. El monarca, el noble, o el caballero, tiene derecho a ese afecto y, por lo mismo, se le otorga el respeto, que corresponde justamente a su posición. Pero la doctrina de la igualdad masónica implica que, como hijos de un Padre supremo, nos reunimos en la logia con la misma igualdad, -bajo esa igualdad en la que todos nos conducimos a un sólo fin predestinado. Pues, en la logia, los verdaderos méritos reciben más respeto que una opulencia infinita, y la virtud y la inteligencia únicamente los que serían recompensados con la preeminencia. Una vez que las labores de la logia hayan terminado, y los hermanos se hayan retirado de su soledad pacífica para confundirse de nuevo con el mundo, cada uno vuelve a su posición social y ejerce los privilegios de ese rango, cuyas costumbres le otorga la sociedad.

XXIII. La discreción de la Institución es otra señal y la más importante, de forma que la discreción absoluta es algo inherente a la Masonería, existiendo con ella desde su misma fundación, y protegida por ella por medio de sus señales antiguas. Si es desposeída de su carácter secreto pierde su identidad y cesa de ser Francmasonería. Por consiguiente, todas las objeciones que puedan hacerse a la Institución en lo relativo a su discreción deben de ser rechazadas. Sin prestar atención a los muchos torpes y mal intencionados que, por cuestión de conveniencia, intenten desposeerla de su carácter secreto, tomando las medidas que hagan siempre imposible la perdida de la señal, aún en el caso en el que ésta no se interpusiera ante nosotros como obstáculo. Por que un cambio de tal naturaleza ocasionaría el suicidio social y la muerte de la Orden. La Francmasonería, que como asociación secreta ha vivido inalterable por signos, no permanecería por muchos años como una sociedad libre y abierta.

XXIV. La ciencia especulativa aplicada al arte activo, el uso simbólico y la explicación de los términos de ese arte con los propósitos de enseñanza religiosa o moral, constituyen otra señal de la Orden. El templo de Salomón fue la cuna simbólica de la Institución, y, por lo tanto, la referencia de la Masonería activa que construyó ese magnífico edificio, a los materiales y herramientas que fueron empleados en su construcción, todas son partes componentes y esenciales de la Francmasonería que no podrían substraerse de ella sin ocasionar la destrucción completa de la identidad entera de la Orden. Por lo que, todos los Ritos comparativamente modernos de la Masonería, como quiera que difieran en otros conceptos, conservan religiosamente esta historia del Templo y estos elementos activos.

XXV. La última señal y complemento de todas es que estas señales nunca pueden ser cambiadas. Nada puede ser sustraído de ellas -y nada puede ser adherido a ellas-. Ni la menor modificación puede efectuarse en ellas. Del mismo modo que nos fueron otorgadas por nuestros predecesores, del mismo modo estamos obligados por los compromisos más solemnes del deber a trasmitirlas a nuestros sucesores. Ni un sólo ápice de estas leyes escritas puede ser revocado o abolido pues, en lo que se refiere a ellas, no solamente estamos obligados sino que deseamos adoptar la frase de los atrevidos barones antiguos de Inglaterra "Nolumus leges mutari."»

Los Landmarks, en las Constituciones del Grande Oriente Español de 1933

De los Landmarks, señales o marcas, que de las tres maneras suelen llamarse, se han realizado numerosas recopilaciones, difiriendo muy poco las unas de las otras, e incluyendo todas los que se consideran como fundamentales. Seguidamente los reproduzco tal y como figuran incluidos en el texto oficial de las Constituciones del Grande Oriente Español, aprobadas por la Gran Asamblea Nacional, reunida en Barcelona los días 23 al 27 de junio de 1933.

"I.- La Masonería es la Institución orgánica de la moralidad.

II.- Sus principios son: La moral universal y la ley natural dictadas por la razón y definidas por la ciencia. Reconoce al Ser Supremo; no admite mas diferencias entre los hombres que el mérito y el demérito; a nadie rechaza por sus creencias y opiniones y no da cabida, en su seno, a debates acerca de religión o política.

III.- La Institución es una e indivisible en todo el mundo, y sus enseñanzas se comunican en tres grados: aprendiz, compañero y maestro.

IV.- Su espíritu, sus medios de conocimiento y leyenda del tercer grado son inalterables.

V.- La Masonería acata y respeta la organización civil y política del país donde vive.

VI.- Aprecia en los hombres el mérito personal, no el rango o la antigüedad. En su seno todos los hermanos son iguales, sin que la Institución despoje de sus méritos civiles a los que los posean.

VII.- Solo pueden recibirse masones hombres libres de buenas costumbres y edad adulta.

VIII.- Los masones tienen el deber de conducirse moral y decorosamente, dentro y fuera de la logia; se dan el título de hermanos; deben amarse, protegerse y vivir en buena armonía.

IX.- El gobierno de la Institución esta basado en el sufragio universal.

X.- Un Gran Maestro es el Jefe Supremo de la Fraternidad.

XI.- Esta emplea señales, toques y palabras secretas, para reconocerse los hermanos, y juramentos que dan la calidad de masón.

XII.- Todo masón debe pertenecer a una Logia, asistir a sus reuniones y compartir las cargas generales.

XIII.- Nadie puede ser hecho masón por la autoridad de un sólo hermano aislado, sino por una logia regular.

XIV.- La logia tiene todos los derechos generales de la Sociedad; admite o rechaza candidatos; legisla sobre asuntos de su competencia; administra sus fondos; enjuicia y castiga a sus miembros.

XV.- La logia congregada debe de estar a cubierto de miradas extrañas.

XVI.- Un Maestro y dos Vigilantes que le sustituyen en su ausencia gobiernan la logia.

XVII.- Los masones tienen el derecho de asistir a todas las logias particulares y generales o Grandes Logias, de separarse o ingresar como miembros, de ser auxiliados en sus infortunios, de acusar, de quejarse, apelar, defender y representar.

XVIII.- El desconocido debe ser examinado antes de tratarlo como hermano.

XIX.- La Gran Logia gobierna soberana y exclusivamente la asociación de la Masonería en su jurisdicción, y está formada por la Confederación de las Logias.

XX.- El Gran Maestro es el Presidente nato de la Gran Logia y de las logias particulares; ejerce el poder ejecutivo y es responsable de sus actos ante la Gran Logia.

XXI.- Las logias son iguales entre sí y soberanas. No pueden intervenir unas en asuntos privativos de otras ni dar ascensos a sus miembros sin sus beneplácitos.

XXII.- Tienen derecho a fijar el tiempo de sus reuniones y el lugar de sus domicilios; elegir e instalar sus funcionarios; imponer contribuciones a sus miembros; apelar del Maestro ante la Gran Logia; ser representados en ésta y dar instrucciones a sus representantes.

XXIII.- Deben congregarse periódicamente y conservar incólume el espíritu y la forma de la fraternidad en sus trabajos.

XXIV.- La logia no puede desobedecer ni enjuiciar a su Maestro.

XV.- Las elecciones a Dignatarios son anuales.

XXVI.- El numero de miembros de una logia es ilimitado.

XXVII.- Todo masón esta sometido a las leyes de la Jurisdicción masónica en la que resida, aunque no sea miembro de ninguna logia, o lo sea de otra lejana.

XXVIII.- La Iniciación reviste del carácter de masón, pero para poseer la plenitud de derechos de tal, es preciso recibir los tres primeros grados de la Masonería.

XXIX.- Sólo se aceptan nuevos miembros en las logias por la unanimidad de los votos de los hermanos.

XXX.- El candidato debe de tener capacidad para comprender y practicar las enseñanzas de la Institución y no tener defecto físico o mutilación tal, que le imposibilite para tomar parte en las ceremonias masónicas. Ha de hacer la petición de ingreso libre y espontáneamente bajo su firma. No puede ser admitido sino después de la averiguación sobre su conducta y antecedentes, y cuando haya pasado por el acto de la iniciación."

La Gran Logia de España acata y hace suyos los Landmarks, si bien no ha definido el número ni el texto de los que reconoce.

¿Qué es la Masonería?

No es corto empeño intentar –con la brevedad que la ocasión requiere– definir una Institución que despierta las mayores adhesiones y los más apasionados odios... esto último generalmente entre quienes no la conocen o, conociéndola y por ello, temen perder el control o la influencia sobre la que sustentan su poder sobre la sociedad.

Empezaremos por decir que la Masonería es una Orden Iniciática, Esotérica, Elitista y Caballeresca, lo que la confiere características propias que la distinguen de otras instituciones.

Pretende la evolución ética, moral y espiritual de sus miembros. Proclama al Gran Arquitecto del Universo como Principio Generador y como Símbolo Superior de su aspiración y construcción ética.

No prohíbe ni impone a sus miembros ninguna convicción o práctica religiosa.

El Grande Oriente Español, en su Constitución del año 1.934, declaraba:

La Francmasonería es un movimiento del espíritu, dentro del cual tienen cabida todas las tendencias y convicciones favorables al mejoramiento moral y material del género humano.

La Francmasonería no se hace órgano de ninguna tendencia política o social determinada. Su misión es la de estudiar desinteresadamente todos los problemas que conciernen a la vida de la humanidad para hacer su vida más fraternal.

La Francmasonería declara reconocer, por base de su trabajo, un principio superior e ideal, el cual es generalmente conocido por la denominación de Gran Arquitecto del Universo. No recomienda ni combate ninguna convicción religiosa, y añade que ni puede, ni debe, ni quiere poner límites, con afirmaciones dogmáticas sobre la Causa Suprema a las posibilidades de libre investigación de la verdad.

La Gran Logia de España, en el Preámbulo de su Constitución, vigente desde 1.999, dice:

La Francmasonería tiene su fundamento esencial en la fe en un Poder Supremo expresado bajo el nombre de Gran Arquitecto del Universo; sus principios se resumen en estas dos máximas: conócete y ama a tu prójimo como a ti mismo.

La Francmasonería es una asociación libre de hombres independientes, los cuales solo dependen de su conciencia y se dedican a poner en práctica un ideal de paz, amor y fraternidad.

Tiene como objetivo el perfeccionamiento moral de la humanidad y como medio de propagación de una verdadera filantropía, con el empleo de costumbres y formas simbólicas.

Impone a todos sus miembros el respeto a las opiniones ajenas y les prohíbe toda discusión política o religiosa, a fin de constituir un centro permanente de unión fraternal. Los francmasones se reúnen en Logias con el fin de trabajar allí ritualmente, con celo y asiduidad, y solo admiten a hombres mayores de edad, creyentes, de buenas costumbres, gentes de honor, leales y dignos en todos los aspectos.

En las Logias se aprende a amar a la Patria, someterse a sus justas Leyes y respetar las Autoridades legítimamente constituidas; a considerar el trabajo como un deber esencial en el ser humano y en consecuencia, a honrarlo en todas sus formas.

Pero, más allá de conceptos que algunos podrían considerar poco concretos, la Masonería se constituye en una Orden que tiene como fin formar a sus miembros en el conocimiento y respeto de valores superiores basados en la verdad. Verdad que no se impone ni propone, sino a la que cada masón llega por el análisis y el conocimiento. La Masonería se constituye en una Orden que pretende la evolución ética, espiritual y moral de sus miembros y, a través de ellos y de su ejemplo individual y personal, la evolución ética, espiritual y moral de la humanidad.

La iniciación, única puerta de entrada a la Masonería, pretende abrir un proceso de cambios por los que el masón, dejando atrás cuanto le separa de su propio espíritu, adquiere conocimiento de su Ser interno y de su trascendencia; lo que le llevará a la búsqueda de la verdad. Mas la Masonería no impone ningún tipo de dogma o creencia. Propone, mediante símbolos y alegorías, más por la práctica de los Rituales, principios que deben ser analizados por el masón y, de su individual y personal análisis y comprensión, cada masón sacar las propias conclusiones. No quiere la Masonería aleccionar a sus adeptos, sino que cada masón llegue a la meta que para si mismo se fije, él, no otro. Quiere la Masonería que cada masón llegue a su verdad... a su propia e individual comprensión y conocimiento de la verdad. De ahí el sobrenombre de Librepensadores por el que son conocidos los masones.

Es la Masonería, pues, una Orden Iniciática. Por la iniciación y siguiendo el camino que solo ella abre a través de los diferentes grados en los que la Masonería escalona sus propuestas, es como el masón, rompiendo las cadenas que atan al hombre a lo animal, a lo puramente material, llega al conocimiento de su propio Ser interno y de su trascendencia. Es así como la Masonería, haciendo hombres mejores de hombres que ya eran buenos, libres y justos antes de ser iniciados, propicia que mediante el ejemplo de cada masón en su entorno familiar, social, laboral, etcétera, toda la humanidad en pleno evolucione positivamente.

La Masonería es esotérica en los términos precisos que define el Diccionario de la Lengua Española, editado por la Real Academia Española.

Es esotérica porque a su conocimiento solo se llega por la iniciación, quedando oculto, reservado, para los no iniciados.

Es esotérica porque su conocimiento es de difícil acceso, no se da, no se imparten clases, el conocimiento que lleva a la verdad se adquiere mediante el estudio y la reflexión.

Es esotérica porque al igual que los filósofos de la antigüedad no comunicaban sus doctrinas sino a un corto número de sus discípulos, la Masonería mantiene velados sus conocimientos y los principios que propone por símbolos y alegorías y, a las claves de los unos y de las otras, solo se llega por la iniciación y la práctica de los rituales mediante los que se desarrolla el trabajo en las Logias.

Es esotérica porque sus principios y conocimientos solo se transmiten oralmente a los iniciados.

Pero, por ser una Orden iniciática y esotérica, la Masonería rechaza y condena el mal llamado ocultismo y todo el fraude a ingenuos, todo el fraudulento montaje económico de las supuestas mancias adivinatorias. La Masonería rechaza y condena a las sectas, iglesias y creencias que privan a sus miembros del libre albedrío, de la libertad de análisis y decisión. Y, si la Masonería no apoya a ninguna religión concreta, menos aun puede apoyar a los llamados cultos satánicos, al satanismo, el cual condena radicalmente.

La Masonería es una Orden Elitista, por que en sus filas militan las elites intelectuales del mundo entero, los hombres más avanzados espiritual y moralmente, aquellos que creen firmemente que el paso del hombre sobre la tierra transciende al simple hecho material y temporal; en suma, de la parte que el hombre tiene de animal, para sublimarse en lo que tiene de espiritual. Sin olvidar que elites son todos aquellos, sea cual fuere su posición social o económica, que dejando atrás las pequeñas miserias humanas y los comprensibles egoísmos individualistas, dedican un poco de su tiempo a su desarrollo intelectual, espiritual y moral, poniendo su persona al servicio de la humanidad.

La Masonería es una Orden Caballeresca, no en los aspectos que se desprenden de una lectura exotérica y simplista de las viejas novelas de caballería y mucho menos aun en el sentido clasista. Lo es tomando el simbolismo profundo, esotérico, de los ideales de Camelot, Arturo y la Tabla Redonda; la búsqueda del Santo Grial, cuyo bellísimo simbolismo esotérico puede ser el norte del buscador de la Luz. Lo es porque ideal de vida caballeresco es la entrega desinteresada a las causas nobles, al servicio a la humanidad.

Así, la Masonería, por su espíritu caballeresco pudo ser inspiradora de la Revolución Francesa, en cuanto fin del Viejo Régimen, pues no puede menos que condenar el terror que desencadenó. Como antes lo fue de la Americana, en la que los 56 revolucionarios, padres de la patria, mayoritariamente masones; entre ellos George Washington, de la Gran Logia de Virginia; Benjamín Franklin, de la Gran Logia de Pennsylvania; Thomas Jefferson, de la Gran Logia de Virginia; John Adams, de la Gran Logia de Massachussets; John Quincy Adams, de la Gran Logia de Virginia, luego 6º Presidente; William Whipple, de la Gran Logia de New Hampshire; Benjamín Harrison, de la Gran Logia de Virginia; John Penn, de la Gran Logia de Carolina del Norte; Abraham Clark, de la Gran Logia de Nueva Jersey... etcétera, proclamaron en 1776 la libertad de las 13 colonias, con una Declaración de Independencia de la que, por ser Masonería pura, sería difícil destacar un párrafo concreto, pero de la que recordaremos, entre otros muchos párrafos de igual mérito y contenido masónico:

"Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales, que están dotados por un Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se cuentan el derecho a la vida, a la libertad y al alcance de la felicidad; que, para asegurar estos derechos, los hombres instituyen gobiernos, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; que cuando una forma de gobierno llega a ser destructora de estos fines, es un derecho del pueblo cambiarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno, basado en esos principios y organizando su autoridad en la forma que el pueblo estime como la más conveniente para obtener su seguridad y su felicidad."

La Masonería mantiene y perpetúa entre sus miembros el espíritu caballeresco que informó la obra de los enciclopedistas y más tarde la de los ilustrados del siglo XIX, casi todos ellos masones. El de filósofos y pensadores, miembros de la Masonería, como Montesquieu, Voltaire y Rousseau. El de artífices de la emancipación de Hispanoamérica, como, por ejemplo y entre otros muchos, los masones San Martín, Bolívar y Martí. El de los también miembros de la Orden, Cavur, Garibaldi y Mazzini, héroes de la independencia y unidad italiana. El de músicos masones como el austriaco Mozart y el español Tomas Bretón. Poetas como Goethe o Moratin. Escritores como el inglés Kipling, el francés Stendhal y el español Blasco Ibáñez. Científicos como los doctores Santiago Ramón y Cajal y Alexander Fleming. Cirujanos como el Dr. Cristian Barnard, artífice en 1967 del primer trasplante de corazón a un ser humano. Descubridores e inventores como los españoles Isaac Peral y Juan de la Cierva o el francés Luis Lumiere. Políticos y estadistas como Práxedes Mateo Sagasta, Salvador Allende, Winston Churchil, Benjamín Franklin. Hombres ilustres como Baden Powel, fundador de movimiento escultista o el antiesclavista Schoelcher. Actores como el británico Peter Sellers. O los promotores de la Sociedad de Naciones, que soñaban acabar con las guerras. El mismo espíritu caballeresco de entrega desinteresada a las nobles causas que guió a los inspiradores de la Unión Europea, con Monet a la cabeza. O a los padres del Consejo de Europa, masones la gran mayoría de ellos. Finalmente, ya como anécdota, con el mismo espíritu de Neil Amstrong, masón y primer hombre que pisó la Luna, sobre cuya superficie depositó una escuadra y un compás en recuerdo de su gesta.

En definitiva, el espíritu de los cientos de miles, millones de hombres que, desde sus ideales caballerescos y masónicos, mantienen a sus expensas y en silencio, sin subvenciones de ningún Estado, hospitales, asilos, universidades y escuelas.

Si debiéramos resaltar algo del espíritu de la Masonería, muy probablemente nos inclinaríamos por la autentica y profunda fraternidad que une a todos los masones del mundo entero, muy especialmente, claro está, a los miembros de una misma Gran Logia y, mucho más aun, a los de una misma Logia. Pero aun siendo muy importante no es ese el fin primordial de la Masonería, pues para ese tipo de fines ya están muchas y prestigiosas instituciones profanas.

Mucho más allá de ese principio de fraternidad universal, de indudable importancia y valor humanístico, e incluso iniciático, principio de auténtica fraternidad que llevaría a tener la filantropía como uno de los medios de los que podría valerse para alcanzar los propósitos que la animan, la Masonería tiene fines que mantiene muy presentes, siendo la síntesis de todos ellos cambiar el mundo. Esa es la meta final que se propone alcanzar, ese es el fin que constituye el auténtico Ser y existir de la propia Masonería. Dicho así, sin circunloquios ni palabrería vana, que oculten la realidad.

Pero ese fin no tiene connotaciones que lo liguen a lo profano, a lo prosaico, a intereses materiales, a bajas pasiones y aspiraciones que, si pudiesen ser admisibles en el mundo profano, en ninguna forma pueden llegar a serlo, ni como medio, ni como fin, para la Masonería. Porque cuando un masón afirma que la Masonería pretende cambiar el mundo, se está refiriendo a que la Masonería trabaja para hacer evolucionar ética, espiritual y moralmente a la humanidad, a partir de los principios que constituyen su Ser y de los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad que defiende.

En los proclamados fines más en los métodos para alcanzarlos, es en lo que la Masonería se diferencia de otras meritísimas instituciones que también tienen como objetivo el desarrollo de la humanidad. El peculiar sistema de trabajo personal e individual que la caracteriza, muy alejado de la acción institucional sobre la sociedad, la marca e individualiza.

No siendo, como no lo son, fines de la Masonería participar en forma alguna en política, ni en negocios, ni en ninguna otra actividad profana, La Orden Masónica centra sus esfuerzos en llevar a los masones a las condiciones espirituales, éticas y morales que les permitan trabajar en pos de alcanzar los fines que sí le son propios a nuestra Orden. Para ello la Masonería pone a disposición de sus miembros todos los medios necesarios «de orden iniciático, esotérico y simbólico» para que –individualmente y por el trabajo personal que cada uno sea capaz de realizar en sí mismo, más en la intimidad de las Logias auxiliándose siempre los unos a los otros– puedan avanzar a través del sistema reglado y graduado que caracteriza a la Masonería, teniendo como meta final cambiar el mundo.

Una vez logrados estos significativos avances por el camino iniciático, será cada masón el que con su ejemplo personal e individual influirá en los entornos familiar, profesional y social al que pertenezca; trasmitiendo así a la sociedad profana –mediante el ejemplo de una vida ordenada, respetuosa con las leyes y con los derechos de los demás y entregada a ideales legítimos y nobles– las enseñanzas recibidas a través de los principios proclamados por la Masonería.

Mas, el profundo arcano de la Masonería no se revela efectivamente, si no a los que llegan a ser auténticos masones, a aquellos que siguen con perseverancia el camino iniciático y se entregan a la Masonería sin ningún tipo de reservas, y sin más ambiciones humanas que las legítimas de lograr convertirse en auténticos iniciados; es decir, en obreros iluminados al servicio de la Inteligencia Constructora del Universo, la cual debe de manifestarse en el masón como una verdadera Luz que alumbra, desde un punto de vista superior, todos sus pensamientos, palabras y acciones.

En alguna forma masón –lato sensu– se nace. Porque ser masón significa participar de una condición espiritual especial, inconfundible e intransmisible, que aflora tras la iniciación y la identificación del iniciado con su propio ser interno y, a través de él con el Trazado realizado para la Humanidad por el Gran Arquitecto del Universo.

La Masonería, como Institución ético jurídica, Alta Cátedra Moral desde la que emanan los grandes principios y formulaciones al servicio de la Humanidad, confiere las características visibles de masón a aquellos que ya eran, potencialmente, portadores del Espíritu Iniciático; proporcionándoles los medios necesarios para cultivar su intelecto y su espíritu, mediante el estudio de determinados símbolos y la practica consciente de los Rituales. Unos y otros encierran un profundo significado esotérico, que es la llave que habré las puertas del conocimiento y la clave para que cada masón logre profundizar en lo más profundo de su corazón.

Dicho esto, únicamente queda proclamar que solamente se es masón “stricto sensu” si se profesan los principios iniciáticos, se cultiva el esoterismo y, en lo que corresponda, el conocimiento exotérico; si se tiene firmemente asentado el sentido de la responsabilidad individual, como confirmación del Espíritu Caballeresco con el que el masón debe de desempeñar su misión en el mundo profano.

La Masonería Regular profesa inderogablemente el espiritualismo y rechaza el materialismo y el racionalismo ateo; por ello, la Luz de la Razón que informa el Ideal Masónico, se legitima al emanar del Conocimiento Iniciático. Así, repetimos, la Masonería es una Orden iniciática, esotérica y caballeresca y, por lo tanto, elitista.

Es por ello que a la hora de admitir nuevos miembros, la Masonería está muy atenta a que no se infiltren aquellos que, por su poca formación espiritual, moral, cultural o humanista, puedan significar un freno en el desarrollo individual o colectivo. También está obligada a tener en cuenta la situación social y económica de los posibles candidatos; los cuales, además de, y esto es condición sine qua non, disponer de medios para mantener dignamente a su familia, han de disponer también de unos pequeños medios materiales para contribuir al sostenimiento y crecimiento de la Orden y, aun les ha de sobrar alguna cantidad para obras filantrópicas, de acuerdo con los viejos principios. Sin que lo dicho signifique, en absoluto, que en los criterios de selección intervengan conceptos mercantilistas, tan alejados del pensamiento y actitud masónicas.

Pero no podemos dejar de tener presente a la hora de admitir nuevos miembros, que la primera obligación del Hombre es para sí y para con su familia, y que solo una vez que ha cubierto dignamente sus propias necesidades y las de los suyos, podría, legítimamente, pensar en entregarse a otras causas.

Por lo demás, las contribuciones que en forma de cuotas periódicas cada masón satisface a través de su Logia, por su importe no van más allá de una pequeña cantidad mensual fácilmente asumible por cualquier persona que disponga de un puesto de trabajo, en el que perciba un salario de tipo medio y, en todo caso, de cuantía nunca superior a la que se gasta habitualmente en tomar unas cervezas con los amigos.

En todo caso, no debemos olvidar que garantizados los mínimos admisibles, y sentado que es obligación de todos los masones atender al sostenimiento de la Orden, a la Masonería no le interesa el dinero ni la posición que puedan tener sus miembros o aspirantes a serlo. Solo le interesan las cualidades humanas y la voluntad de crecer espiritual, ética y moralmente a través del camino iniciático.